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martes, 20 de enero de 2009

El primer Discurso de Obama como Presidente de los Estados Unidos.

*A las 14:05 horas Barack Hussein Obama se convirtió en el nuevo Mandatario de los Estados Unidos,un suceso histórico ya que él es el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca.Luego de la investidura, Obama pronunció su discurso inagural, en el cual a través de una retórica motivadora, instó a los norteamericanos a iniciar juntos la difícil tarea de sacar al país de la crisis económica y, al mismo tiempo, plasmó, las directrices que seguirá Usa en la política internacional.Éste es el discurso:
"Compatriotas: He venido hoy aquí, humilde por la tarea que tengo ante vosotros, agradecido por la confianza que me habéis otorgado, consciente de los sacrificios de nuestros ancestros. Agradezco al presidente Bush su labor hacia nuestro país, así como la generosidad y cooperación que ha mostrado a lo largo de la transición. Cuarenta y cuatro estadounidenses han prestado el juramento presidencial. Se han pronunciado estas palabras durante olas de prosperidad y en las tranquilas aguas de la paz. Pero, de vez en cuando, el juramento se produce en momentos de nubarrones y feroces tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha salido adelante no sólo por la habilidad o visión de aquellos que ocupaban altos cargos, sino porque Nosotros, el Pueblo, nos hemos mantenido fieles a los ideales de nuestros ancestros y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Así debe ser con esta generación de estadounidenses. Es bien sabido que estamos en mitad de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio a la que es difícil llegar. Nuestra economía está muy debilitada, consecuencia de la avaricia y la irresponsabilidad de algunos, pero también la población ha fallado al tomar malas decisiones a la hora de preparar al país para una nueva era. Se han perdido hogares, destruido empleos, se han cerrado negocios. Nuestro sistema de salud es demasiado costoso, nuestras escuelan fallan demasiado y cada día hay más evidencias de que la forma en que usamos la energía fortalece a nuestros adversarios y amenaza a nuestro planeta.
Estos son los indicadores de la crisis, sujetos a los datos y estadísticas. Menos cuantificable pero no por ello menos profundo es la socavación de la confianza en el país, un temor persistente de que la caída de EE UU sea inevitable y que la próxima generación deba disminuir sus expectativas. Hoy os digo que los desafíos que afrontamos son reales, son serios y son muchos. No serán superados fácilmente o en un corto período de tiempo. Pero sabed esto, EE UU los superará.
En este día, nos reunimos porque hemos escogido la esperanza sobre el miedo, la unidad de propósitos sobre el conflicto y la discordia. En este día, venimos a proclamar el fin de las quejas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que por mucho tiempo han ahogado a nuestros políticos. Seguimos siendo una nación joven, pero según las Escrituras, ha llegado el momento de dejar a un lado la inmadurez. Ha llegado el momento de reafirmar nuestro espíritu de permanencia, de escoger nuestra mejor historia, de llevar hacia delante ese precioso regalo, esa noble idea, que ha pasado de generación a generación: la promesa divina de que todos somos iguales, todos somos libres y todos merecemos una oportunidad de buscar la felicidad absoluta. Al reafirmar la grandeza de nuestro país, entendemos que la grandeza nunca es un regalo, que debemos ganarla. Nuestro viaje nunca ha sido de atajos o de conformarnos con menos. No ha sido el camino de los pusilánimes, de aquellos que prefieren la diversión al trabajo, o buscan solo los placeres de los ricos y la fama. Ha sido el de los que toman riesgos, de los emprendedores, de los que crean cosas, algunos conocidos pero la mayoría son hombres y mujeres desconocidos en su labor que nos han llevado por el largo y duro camino hacia la prosperidad y la libertad.
Por nosotros, ellos recogieron sus pocas posesiones y atravesaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros, trabajaron duro y se establecieron en el oeste, soportaron el látigo y sembraron en terrenos áridos. Por nosotros, combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburgo, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta que sus manos estuvieron rotas para que pudiésemos tener una vida mejor. Ellos vieron a un EE UU tan grande como la suma de nuestras ambiciones individuales, mayor que todas las diferencias de nacimiento o riqueza o facción.
Éste es el viaje que continuamos hoy. Seguimos siendo la nación más poderosa y próspera de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que antes de que comenzara la crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios se necesitan igual que la semana pasada o el mes pasado o el año pasado. Nuestras capacidades siguen sin disminuir. Pero nuestro tiempo de mantenernos sin cambiar, de proteger nuestros reducidos intereses y de posponer las decisiones poco placenteras, ese tiempo ha pasado. A partir de hoy, debemos reactivarnos, sacudirnos el polvo y comenzar a trabajar para rehacer EE UU.
Allá donde miramos hay trabajo que hacer. El estado de nuestra economía exige acciones, rápidas y drásticas, y actuaremos, no sólo para crear nuevos empleos, sino para establecer una nueva base de crecimiento. Construiremos puentes y caminos, redes eléctricas y líneas digitales que impulsen nuestro comercio y nos unan. Restauraremos la ciencia y la pondremos en su justo lugar y enarbolaremos las maravillas tecnológicas para elevar la calidad de la salud y bajar sus costes. Aprovecharemos el sol y el viento y el suelo como combustible para nuestros coches y fábricas. Transformaremos nuestras escuelas y universidades para cubrir las demandas de una nueva era. Todo esto lo podemos hacer. Y todo esto es lo que haremos.
Ahora, existen quienes se preguntan por el alcance de nuestras ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede asumir planes demasiado grandes. Sus recuerdos son escasos. Ellos han olvidado lo que este país ya ha hecho, lo que hombres y mujeres libres pueden alcanzar cuando la imaginación se une con propósitos comunes y la necesidad del coraje.
Lo que los cínicos no pueden entender es que el suelo bajo sus pies ha cambiado, que los argumentos políticos rancios que nos han consumido por tanto tiempo ya no son aplicables. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno es muy grande o muy pequeño sino si trabaja, si ayuda a las familias a encontrar empleo con un salario decente, un sistema de salud que pueden costear, una jubilación digna. Donde la respuesta es sí, intentamos seguir adelante. Donde la respuesta es no, los programas terminarán. Y aquellos de nosotros que manejamos el dinero público tendremos que rendir cuentas, gastar sabiamente, reformar malos hábitos y tomar nuestras decisiones abiertamente, porque sólo entonces podemos restaurar la confianza vital entre la gente y su gobierno.
Tampoco debemos preguntarnos si el mercado es una fuerza del bien o del mal. Su poder de generar riqueza y expandir la libertad no tiene comparación, pero la crisis nos ha recordado que sin un ojo observador el mercado puede descontrolarse y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando favorece sólo a los prósperos. El éxito de nuestra economía no sólo ha dependido del tamaño de nuestro producto interior bruto sino del alcance de nuestra prosperidad, de nuestra habilidad para extender las oportunidades a cada corazón dispuesto, no por caridad sino porque es el camino más segura para nuestro bien común.
En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falsa la opción entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, que afrontaron peligros que poco podemos imaginar, diseñaron un capítulo para asegurar el gobierno de la ley y de los derechos del hombre, un capítulo extendido por la sangre de generaciones. Esos ideales aún iluminan el mundo, y no renunciaremos a ellos por el bien de la conveniencia. Y para todo el resto de la gente y los gobiernos que nos están viendo hoy, desde las grandes capitales a la pequeña aldea donde nació mi padre: sabed que EE UU es amigo de todos los países y de todos los hombres, mujeres y niños que buscan un futuro de paz y dignidad, y que estamos listos para liderar una vez más.
Recordad que generaciones anteriores derrotaron el fascismo y el comunismo no solo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Entendieron que nuestro poder por sí solo no puede protegernos, ni nos da la libertad de hacer lo que queramos. En cambio, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente, nuestra seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo, de las cualidades atenuadas de la humildad y la moderación.
Somos los conservadores de este legado. Guiados por estos principios una vez más, podemos afrontar esas nuevas amenazas que demandar incluso esfuerzos mayores, una mayor cooperación y entendimiento entre los países. Comenzaremos con traspasar responsablemente Irak a sus pobladores y forjar una paz duramente ganada en Afganistán. Con viejos amigos y ex enemigos, trabajaremos incansablemente para disminuir la amenaza nuclear y el espectro del calentamiento del planeta. No nos disculparemos por nuestro modo de vida, ni bajaremos nuestras defensas y para quienes buscan avanzar en sus intentos por inducir el terror y la matanza de inocentes, os decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no puede romperse, no pueden sobrevivirnos y os derrotaremos.
Porque sabemos que nuestra herencia diversa es una fortaleza, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes y de no creyentes. Estamos modelados por todos los idiomas y culturas, atraídos de cada rincón de esta tierra, y como hemos probado el trago amargo de la guerra civil y la segregación y emergió de ese capítulo oscuro más fuerte y más unido, no podemos evitar el creer que los viejos odios pasarán algún día, que las líneas de las tribus pronto serán disueltas, de que a medida que el mundo se hace más pequeño, nuestra humanidad común se revelará y que EE UU debe jugar su papel en marcar el comienzo de una nueva era de paz.
Al mundo musulmán, buscamos una nueva forma de salir adelante, en base a nuestros intereses y respeto mutuos. A los líderes mundiales que buscan sembrar conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente, sepan que su gente los juzgará por lo que puedan construir, no por lo que destruyen. A quienes se aferran al poder a través de la corrupción y el engaño y silencian a los disidentes, sepan que estáis en el lado incorrecto de la historia, pero que extenderemos una mano si estáis dispuestos a deshacer el puño.
A la gente de los países pobres, prometemos trabajar juntos para hacer que sus granjas prosperen y permitir que fluyan las aguas limpias, para alimentar los cuerpos famélicos y las mentes hambrientas. Y a aquellas naciones como la nuestra que disfrutan de relativa abundancia, decimos que no podemos afrontar más la indiferencia de los que sufren fuera de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos del mundo sin tomar en cuenta sus efectos. Porque el mundo ha cambiado, y debemos cambiar con él.
Mientras analizamos el camino que se presenta ante nosotros, recordamos con humilde gratitud a aquellos estadounidenses valientes quienes, en este mismo momento, patrullan lejanos desiertos y distantes montañas. Ellos tienen algo que decirnos hoy, así como los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Os honramos no solo porque sois los guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnáis el espíritu del servicio, la disposición a encontrar significado a algo más grande que vosotros mismos. Y es en este momento, un momento que definirá una generación, cuando este espíritu debe englobarnos a todos.
Porque por mucho que el gobierno pueda y deba hacer, es finalmente en la fe y la determinación de los estadounidenses en lo que descansa este país. Es la amabilidad con que tratamos a un extraño cuando se rompe la presa, el altruismo de los trabajadores que prefieren recortar sus horas en vez de ver a un amigo perder su empleo lo que nos hace ver a través de nuestras horas oscuras. Es el coraje del bombero de lanzarse por una escalera llena de humo, pero también de la disposición de los padres de criar a un niño lo que finalmente decide nuestro destino.
Nuestros desafíos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero esos valores sobre los que depende nuestro éxito -el trabajo duro y la honestidad, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- esas son cosas viejas. Esas cosas son verdaderas. Ellas han sido la fuerza subyacente del progreso a lo largo de la historia. Lo que se pide entonces es un retorno de esas verdades. Lo que requerimos ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, de parte de cada estadounidense, de que tenemos deberes hacia nosotros mismos, a nuestro país y el mundo, deberes que no aceptamos a regañadientes sino mas bien con alegría, firmes en el conocimiento de que no hay nada más satisfactorio para el espíritu, tan definidor de nuestra personalidad, que dar todo lo que podamos ante una tarea difícil.
Este es el precio y la promesa de la ciudadanía.
Esta es la fuente de nuestra confianza, el conocimiento de que Dios nos llama para delinear un destino incierto.
Este es el sentido de nuestra libertad y credo, el porqué hombres y mujeres y niños de todas las razas y creencias pueden unirse en celebración en este magnífico Mall, y el porqué un hombre cuyo padre hace menos de 60 años pudo no haber trabajado en un restaurante local, está hoy aquí para tomar el juramento más sagrado.
Así que marquemos este día con recuerdo, de quienes somos y cuan lejos hemos llegado. En el año de nacimiento de EE UU, en los meses más fríos del año, una pequeña banda de patriotas se acurrucan cerca de fogatas languidecientes a las orillas de un río congelado. La capital fue abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve se mezclaba con la sangre. En ese momento cuando el resultado de nuestra revolución pendía de un hilo, el padre de nuestra nación ordenó que se leyeran estas palabras:
"Informad al mundo futuro... que en las profundidades del invierno, cuando nada sino la esperanza y la virtud pueden sobrevivir... que la ciudad y el país, alarmado ante un peligro común, han salido al frente para hacerle frente".
EEUU. A las puertas de nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras privaciones, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas, y hagamos frente a lo que traiga la tormenta. Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba, rehusamos dejar que este viaje termine, que no volvimos atrás, que no fallamos y con los ojos fijos en el horizonte y con la gracia de Dios, llevamos adelante el gran regalo de la libertad y lo entregamos de forma segura a las futuras generaciones.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Primer discurso de Obama como Presidente Electo

*A continuación presentamos el primer discurso del nuevo Presidente de Usa.
"¡Hola, Chicago! Si todavía queda alguien por ahí que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, quien todavía se pregunta si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo en nuestros tiempos, quien todavía cuestiona la fuerza de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.
Es la respuesta dada por las colas que se extendieron alrededor de escuelas e iglesias en un número cómo esta nación jamás ha visto, por las personas que esperaron tres horas y cuatro horas, muchas de ellas por primera vez en sus vidas, porque creían que esta vez tenía que ser distinta, y que sus voces podrían suponer esa diferencia.
Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules.
Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América. Es la respuesta que condujo a aquellos que durante tanto tiempo han sido aconsejados a ser escépticos y temerosos y dudosos sobre lo que podemos lograr, a poner manos al arco de la Historia y torcerlo una vez más hacia la esperanza en un día mejor.
Ha tardado tiempo en llegar, pero esta noche, debido a lo que hicimos en esta fecha, en estas elecciones, en este momento decisivo, el cambio ha venido a Estados Unidos. Esta noche, recibí una llamada extraordinariamente cortés del senador McCain.
El senador McCain luchó larga y duramente en esta campaña. Y ha luchado aún más larga y duramente por el país que ama. Ha aguantado sacrificios por Estados Unidos que no podemos ni imaginar. Todos nos hemos beneficiado del servicio prestado por este líder valiente y abnegado.
Le felicito; felicito a la gobernadora Palin por todo lo que han logrado. Y estoy deseando colaborar con ellos para renovar la promesa de esa nación durante los próximos meses.
Quiero agradecer a mi socio en este viaje, un hombre que hizo campaña desde el corazón, e hizo de portavoz de los hombres y las mujeres con quienes se crío en las calles de Scranton y con quienes viajaba en tren de vuelta a su casa en Delaware, el vicepresidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden.
Y no estaría aquí esta noche sin el respaldo infatigable de mi mejor amiga durante los últimos 16 años, la piedra de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima primera dama de la nación, Michelle Obama.
Sasha y Malia, las quiero a las dos más de lo que pueden imaginar. Y se han ganado el nuevo cachorro que nos acompañará hasta la nueva Casa Blanca.
Y aunque ya no está con nosotros, sé que mi abuela nos está viendo, junto con la familia que hizo de mí lo que soy. Han hecho falta esta noche. Sé que mi deuda para con ellos es incalculable.
A mi hermana Maya, mi hermana Alma, al resto de mis hermanos y hermanas, muchísimas gracias por todo el respaldo que me han aportado. Estoy agradecido a todos vosotros. Y a mi director de campaña, David Plouffe, el héroe no reconocido de esta campaña, quien construyó la mejor, la mejor campaña política, creo, en la Historia de los Estados Unidos de América.
A mi estratega en jefe, David Axelrod, quien ha sido un socio mío a cada paso del camino.
Al mejor equipo de campaña que se ha compuesto en la historia de la política. Vosotros hicisteis realidad esto, y estoy agradecido para siempre por lo que habéis sacrificado para lograrlo.
Pero sobre todo, no olvidaré a quién pertenece de verdad esta victoria. Os pertenece a vosotros. Os pertenece a vosotros.
Nunca parecí el aspirante a este cargo con más posibilidades. No comenzamos con mucho dinero ni con muchos avales. Nuestra campaña no fue ideada en los pasillos de Washington. Se inició en los jardines traseros de Des Moines y en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston. Fue construida por los trabajadores y las trabajadoras que recurrieron a los pocos ahorros que tenían para donar a la causa cinco dólares y diez dólares y veinte dólares.
Adquirió fuerza de las personas no tan jóvenes que hicieron frente al gélido frío y el ardiente calor para llamar a las puertas de desconocidos y de los millones de estadounidenses que se ofrecieron voluntarios y organizaron y demostraron que, más de dos siglos después, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no se ha desvanecido de la Tierra.
Esta es vuestra victoria.
Y sé que no lo hicisteis sólo para ganar unas elecciones. Y sé que no lo hicisteis por mí. Lo hicisteis porque entendéis la magnitud de la tarea que queda por delante. Mientras celebramos esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo.
Mientras estamos aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes que se despiertan en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán para jugarse la vida por nosotros.
Hay madres y padres que se quedarán desvelados en la cama después de que los niños se hayan dormido y se preguntarán cómo pagarán la hipoteca o las facturas médicas o ahorrar lo suficiente para la educación universitaria de sus hijos.
Hay nueva energía por aprovechar, nuevos puestos de trabajo por crear, nuevas escuelas por construir, y amenazas por contestar, alianzas por reparar. El camino por delante será largo. La subida será empinada. Puede que no lleguemos en un año ni en un mandato. Sin embargo, Estados Unidos, nunca he estado tan esperanzado como estoy esta noche de que llegaremos.
Os prometo que, nosotros, como pueblo, llegaremos.
Habrá percances y comienzos en falso. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión o política mía cuando sea presidente. Y sabemos que el gobierno no puede solucionar todos los problemas.
Pero siempre seré sincero con vosotros sobre los retos que nos afrontan. Os escucharé, sobre todo cuando discrepamos. Y sobre todo, os pediré que participéis en la labor de reconstruir esta nación, de la única forma en que se ha hecho en Estados Unidos durante 221 años bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida.
Lo que comenzó hace 21 meses en pleno invierno no puede terminar en esta noche otoñal.
Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si volvemos a como era antes. No puede suceder sin vosotros, sin un nuevo espíritu de sacrificio.
Así que hagamos un llamado a un nuevo espíritu del patriotismo, de responsabilidad, en que cada uno echa una mano y trabaja más y se preocupa no sólo de nosotros mismos sino el uno del otro.
Recordemos que, si esta crisis financiera nos ha enseñado algo, es que no puede haber un Wall Street (sector financiero) próspero mientras que Main Street (los comercios de a pie) sufren.
En este país, avanzamos o fracasamos como una sola nación, como un solo pueblo. Resistamos la tentación de recaer en el partidismo y mezquindad e inmadurez que han intoxicado nuestra vida política desde hace tanto tiempo.
Recordemos que fue un hombre de este estado quien llevó por primera vez a la Casa Blanca la bandera del Partido Republicano, un partido fundado sobre los valores de la autosuficiencia y la libertad del individuo y la unidad nacional.
Esos son valores que todos compartimos. Y mientras que el Partido Demócrata ha logrado una gran victoria esta noche, lo hacemos con cierta humildad y la decisión de curar las divisiones que han impedido nuestro progreso.
Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra, no somos enemigos sino amigos. Aunque las pasiones los hayan puesto bajo tensión, no deben romper nuestros lazos de afecto.
Y a aquellos estadounidense cuyo respaldo me queda por ganar, puede que no haya obtenido su voto esta noche, pero escucho vuestras voces. Necesito su ayuda. Y seré su presidente, también.
Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios, a aquellos que se juntan alrededor de las radios en los rincones olvidados del mundo, nuestras historias son diversas, pero nuestro destino es compartido, y llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense.
A aquellos, a aquellos que derrumbarían al mundo: los vamos a vencer. A aquellos que buscan la paz y la seguridad: los apoyamos. Y a aquellos que se preguntan si el faro de Estados Unidos todavía ilumina tan fuertemente: esta noche hemos demostrado una vez más que la fuerza auténtica de nuestra nación procede no del poderío de nuestras armas ni de la magnitud de nuestra riqueza sino del poder duradero de nuestros ideales; la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme.
Allí está la verdadera genialidad de Estados Unidos: que Estados Unidos puede cambiar. Nuestra unión se puede perfeccionar. Lo que ya hemos logrado nos da esperanza con respecto a lo que podemos y tenemos que lograr mañana.
Estas elecciones contaron con muchas primicias y muchas historias que se contarán durante siglos. Pero una que tengo en mente esta noche trata de una mujer que emitió su papeleta en Atlanta. Ella se parece mucho a otros que guardaron cola para hacer oír su voz en estas elecciones, salvo por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años.
Nació sólo una generación después de la esclavitud; en una era en que no había automóviles por las carreteras ni aviones por los cielos; cuando alguien como ella no podía votar por dos razones porque era mujer y por el color de su piel. Y esta noche, pienso en todo lo que ella ha visto durante su siglo en Estados Unidos la desolación y la esperanza, la lucha y el progreso; las veces que nos dijeron que no podíamos y la gente que se esforzó por continuar adelante con ese credo estadounidense: Sí podemos. En tiempos en que las voces de las mujeres fueron acalladas y sus esperanzas descartadas, ella sobrevivió para verlas levantarse, expresarse y alargar la mano hacia la papeleta. Sí podemos. Cuando había desesperación y una depresión a lo largo del país, ella vio cómo una nación conquistó el propio miedo con un Nuevo Arreglo, nuevos empleos y un nuevo sentido de propósitos comunes. Sí podemos.
Cuando las bombas cayeron sobre nuestro puerto y la tiranía amenazó al mundo, ella estaba allí para ser testigo de cómo una generación respondió con grandeza y la democracia fue salvada. Sí podemos.
Ella estaba allí para los autobuses de Montgomery, las mangas de riego en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que dijo a un pueblo: "Lo superaremos". Sí podemos.
Un hombre llegó a la luna, un muro cayó en Berlín y un mundo se interconectó a través de nuestra ciencia e imaginación. Y este año, en estas elecciones, ella tocó una pantalla con el dedo y votó, porque después de 106 años en Estados Unidos, durante los tiempos mejores y las horas más negras, ella sabe cómo Estados Unidos puede cambiar.
Sí podemos. Estados Unidos, hemos avanzado mucho. Hemos visto mucho. Pero queda mucho más por hacer. Así que, esta noche, preguntémonos si nuestros hijos viven hasta ver el próximo siglo, si mis hijas tienen tanta suerte como para vivir tanto tiempo como Ann Nixon Cooper, ¿qué cambio verán? ¿Qué progreso habremos hecho?.
Esta es nuestra oportunidad de responder a ese llamado. Este es nuestro momento.
Estos son nuestros tiempos, para dar empleo a nuestro pueblo y abrir las puertas de la oportunidad para nuestros pequeños; para restaurar la prosperidad y fomentar la causa de la paz; para recuperar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental, que, de muchos, somos uno; que mientras respiremos tenemos esperanza. Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas y aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: Sí podemos".
Gracias. Que Dios los bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América."

jueves, 17 de julio de 2008

María y el Papa: dos dones de Cristo


*A continuación reproducimos las palabras del Cardenal Sodano que nos habla sobre la Vírgen del Carmen


Autor: Cardenal Angelo Sodano

Fecha: 01/10/2007


María y el Papa: dos dones de Cristo

Homilía del Cardenal Angelo Sodano en la Santa Misa en honor de Nuestra Señora del Carmen, Patrona de Chile Santiago de Chile, domingo 30 de septiembre 2007


"Mi alma proclama la grandeza del Señor", exclamó la Santísima Virgen María al llegar a la casa de santa Isabel (Lc 1,46). Estas mismas palabras del Magnificat las pronunció el Papa Juan Pablo Il, de venerada memoria, el día de su llegada a Chile, el 1 de abril de 1987.


Desde el Cerro San Cristóbal, dirigió su saludo a Santiago y a todo Chile, diciendo: "Sí, mi alma proclama la grandeza del Señor al contemplar el espectáculo de la ciudad que se extiende a los pies de la cordillera. Mi plegaria y mi afecto se dirigen a todos vosotros ... Quiero que el saludo cariñoso del Papa llegue a todos los rincones de este noble país" (Saludo a la ciudad de Santiago ya todo Chile, 1).


Yo estaba al lado del Papa en aquella jornada memorable, junto a muchos de vosotros. Y hoy, veinte años después, he vuelto a esta bella ciudad para conmemorar la visita del Sucesor de Pedro y dar gracias al Señor por los buenos frutos que ella ha producido en todo el País.


Gozoso por encontrarme hoy en Santiago, os saludo de todo de corazón, repitiendo también yo las palabras de María, para proclamar la grandeza del Señor, que guía siempre su Iglesia.


Con estos sentimientos de gozo espiritual, saludo especialmente al Pastor de esta Arquidiócesis, el querido Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa y a todos los demás Arzobispos y Obispos presentes y al Nuncio Apostólico, así como a los sacerdotes y a todas las distinguidas Autoridades aquí reunidas en la solemnidad de la Virgen del Carmen, Patrona de Chile.


Cada santa Misa es un himno de agradecimiento que elevamos con Cristo al Padre que está en los cielos por todos los beneficios recibidos. y hoy queremos presentar a Dios nuestra acción gracias especialmente por dos grandes dones que ha prodigado a la Iglesia: el don de María, que nos ha dejado como Madre, y el don del Papa, que nos ha dejado como Guía.


1. El don de la Madre En realidad, en el corazón de todo creyente están profundamente grabadas las palabras que Jesús dirigió en el Calvario al discípulo Juan: "Hijo, ahí tienes a tu Madre" (Jn 19,27). Desde aquel momento, el discípulo la tomó consigo como su segunda Madre, como su Madre espiritual.


Siguiendo el ejemplo de san Juan Evangelista, todos los discípulos de Cristo que nos han precedido en el curso de los siglos han tenido a María como su Madre.


También en esta tierra chilena, desde que llegó aquí la luz del Evangelio, María ha entrado en el corazón de los creyentes, que la sintieron y la sienten como su Madre espiritual.


En efecto, tras la llegada de Pedro de Valdivia, los primeros misioneros fueron sembrando en nuestras ciudades los más hermosos títulos con los que la piedad cristiana solía honrar a María. De entre dichas invocaciones, destacó desde los comienzos de la evangelización de esta bendita tierra el de "Virgen del Carmen ", en recuerdo de los milagros realizados por intercesión de María en la tierra de Jesús, sobre el Monte Carmelo.


A Ella se confiaron también los que lucharon por la independencia del País, así como tantas personas ilustres que sirvieron la Patria. Por esta razón, la Virgen del Carmen ha sido siempre aclamada como Patrona de Chile, y como talla invocamos hoy también nosotros.


A esta devoción nos exhortó también el Papa Juan Pablo II durante la visita al Santuario Nacional de Maipú. En una oración memorable, nos encomendó a todos a María, diciendo: "¡Santa María, Madre de Cristo, Madre de Dios y Madre nuestra! Bajo tu amparo nos acogemos, a tu intercesión maternal nos confiamos ... ¡ Virgen del Carmen de Maipú, Reina y Patrona del pueblo chileno! A tu corazón de Madre encomiendo la Iglesia y todos los habitantes de Chile ... Que bajo tu protección maternal, Chile sea una familia unida en el hogar común" (Consagración a la Virgen del Carmen, Maipú, 3 abril 1987, nn 3.4).



2. El otro don ¡Hermanos y hermanas en el Señor! Un segundo motivo de gratitud a Dios nos ha reunido hoy en torno a su altar. Es la gratitud filial por el don que Él ha otorgado a su Iglesia con la obra generosa desplegada por el Papa Juan Pablo II en sus casi 27 años de Pontificado y por la buena simiente que ha esparcido en Chile en los seis días que permaneció con nosotros, del 1 al 6 de abril de 1987.


Muchos de los presentes mantienen todavía vivo en la memoria el recuerdo de las muchedumbres que acudieron a la Plaza de San Pedro desde todas las partes del mundo para el funeral del Pontífice tan querido. Fue el homenaje de los creyentes y de muchos hombres de buena voluntad a un Pastor que tanto se había desvivido por la Iglesia de Cristo y por toda la humanidad. Juan Pablo II será recordado ciertamente como uno de los más grandes Pontífices de la época moderna. Además, en la historia de la humanidad, su nombre quedará asociado siempre a la figura del Buen Samaritano, que se ha ocupado de las llagas de una generación hondamente probada en el cuerpo y en el espíritu.



He tenido la fortuna de haber estado personalmente muy cerca de él durante 17 largos años, 15 de ellos como Secretario de Estado. Lo recuerdo siempre como un hombre excepcional, un Pastor totalmente entregado a su misión.



Su trabajo cotidiano estaba iluminado por un profundo espíritu de fe y de un amor ardiente por cada persona, de modo que todos los que estábamos en su entorno lo consideramos realmente como un santo. Espero de corazón que pronto podamos verlo elevado al honor de los altares.



3. El Papa en Chile


Además, los chilenos tienen motivos particulares para dar gracias al Señor por el don del inolvidable Papa Juan Pablo II. En efecto, este pueblo ha recibido mucho de su celo pastoral, especialmente en los seis días de su estancia en el País. Santiago y Valparaíso, Punta Arenas y Puerto Montt, Concepción y Temuco, la Serena y Antofagasta, fueron las ocho diócesis que visitó el Sucesor de Pedro.



Me parece oír todavía la voz potente con la que habló a los jóvenes en el Estadio Nacional, a los hombres de cultura en la Pontificia Universidad Católica, a los enfermos del Hogar de Cristo, así como a todo el pueblo cristiano en el Parque O'Higgins, en la Beatificación de Sor Teresa de los Andes.



El Papa tuvo siempre también una relación privilegiada tanto con los obispos y los sacerdotes como con las Autoridades civiles y los fieles que acudían a él.



La mayoría de los Pastores chilenos actuales fueron nombrados por él como guías de sus respectivas diócesis. Los tres últimos Arzobispos de Santiago fueron elevados por él a la dignidad cardenalicia: los queridos cardenales Juan Francisco Fresno Larraín y Carlos Oviedo Cavada, de feliz memoria, y el benemérito Arzobispo actual, el Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa.



En fin, Juan Pablo II ha tenido la alegría de canonizar dos grandes figuras de santidad que florecieron en esta tierra chilena, a saber: santa Teresa de los Andes y san Alberto Hurtado Cruchaga. En cierta ocasión me confesó que hubiera deseado ver pronto sobre los altares al querido obispo de Osorno, Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux. Desafortunadamente, no llegó a ver concluida su causa, pero ahora, desde el cielo, ciertamente rogará para que llegue a buen término.



En su residencia del Vaticano, el difunto Pontífice tuvo el gusto de recibir a tres Presidentes de la República de Chile y de mantener cordiales relaciones con los Embajadores chilenos ante la Santa Sede.



4. Un constructor de paz


Y ¿qué decir de la labor de paz, que Juan Pablo II desempeñó entre Argentina y Chile con la notoria mediación entre los dos Países, que se concluyó con el Tratado de Paz y Amistad firmado en el Vaticano el 29 de noviembre de 1994? El pueblo chileno lo recordará siempre con imperecedera gratitud.



En el plano internacional, la obra del difunto Pontífice ha marcado también la historia del mundo contemporáneo. Con su proclamación tenaz de la libertad religiosa y los derechos de los pueblos ha contribuido al derrumbe de los regímenes comunistas de Europa centro-oriental. Con sus intentos de reconciliación en muchas Naciones del mundo - particularmente en Tierra Santa y en el Medio Oriente -, con las Jornadas de la Paz al comienzo de cada año, con el trabajo silencioso y perseverante de los Representantes Pontificios ante los Estados y las Organizaciones Internacionales, se ha hecho realmente merecedor de la séptima Bienaventuranza evangélica: "Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios" (Mt 5,9).


Una luz interior lo guiaba en todo su trabajo cotidiano: la luz de la fe en Cristo, Redentor del hombre. La encíclica Redemptor hominis fue precisamente su primer documento oficial solemne, con el cual se comprometía a trabajar por el hombre, por cada hombre, que Cristo vino a salvar.



En esta perspectiva, no titubeó en recordarnos que el hombre es el principal camino de la Iglesia (cf. n. 14). El amor a Cristo y el amor al hombre fueron las dos caras de todo su proyecto pastoral.



5. Nuestro reconocimiento


Por todos estos motivos nos sentimos hoy en el deber de entonar nuestro Te Deum en acción de gracias a Dios. En efecto, es el Señor que ha suscitado en la Iglesia, con su Santo Espíritu, la figura de este gran Pastor, así como en el siglo pasado suscitó otros excepcionales Pontífices: desde san Pío X hasta Benedicto XV, desde Pío XI a Pío XII, desde el Beato Juan XXIII hasta Pablo VI y Juan Pablo I.



Entre todos, el Papa Juan Pablo II brilla con una luz particular, con características propias, del mismo modo que cada estrella se diferencia de las otras por su peculiar resplandor.


Ahora, la divina Providencia ha puesto en la Cátedra de Pedro al Papa Benedicto XVI. A él profesamos nuestra devoción y nuestro afecto filial. Él ha recibido la herencia preciosa que nos ha dejado Juan Pablo II y continúa su buen quehacer con una generosidad que ha conquistado ya los corazones de los creyentes y de muchos hombres de buena voluntad.


6. El amor al Papa


Ésta es la grandeza y la belleza de la Iglesia. Desde Pedro, el humilde pescador de Galilea, hasta hoy, se cuentan 265 Sumos Pontífices, cada uno con sus propias características, pero todos ellos entregados totalmente a cumplir la misión que Cristo les había confiado.


En cada Papa nosotros vemos a Pedro, a quien el Señor ha querido confiar las llaves del Reino de los cielos. El Papa Juan Pablo II, el 16 de junio de 1969, dijo en Ginebra ante de los Miembros del Consejo Mundial de las Iglesias: "Me llamo Pablo, pero mi nombre es Pedro".


Así podría decir el Papa actual: "Me llamo Benedicto, pero mi nombre es Pedro". Para él, nuestra devoción y nuestro amor por siempre. Que María Santísima, Reina de los Apóstoles, vele siempre sobre el Papa Benedicto y le obtenga del Señor las más abundantes gracias para su ministerio de Pastor de la Iglesia universal.